mayo 19, 2009

Bochorno liberiano

Cuando finalizó el partido en el estadio Edgardo Baltodano de Liberia, con marcador 1 a 1, entre Liberia y Saprissa, nadie podía imaginarse el bochorno en el que se convertiría la hoy novelesca serie semifinal.
Durante el juego, los jugadores Pablo Salazar, Michael Umaña y Minor Díaz resultaron amonestados, lo cual, al acumular, los tres, su quinta tarjeta amarilla, hacía que se perdieran el partido de cierre en el Ricardo Saprissa. A esto agreguémosle el hecho de que Roberto Wong sufrió una fractura en su rodilla en el partido de cuartos de final ante Pérez Zeledón, lo que significa que Liberia Mía perdió a sus tres defensores centrales, en la buena teoría, claro está.
A dos días del juego se dio lo impensable, Liberia solicita un estudio por las amonestaciones de sus tres jugadores, se acoge dicha solicitud pero el castigo se mantiene, por lo que los pamperos acuden al Tribunal de Conflictos y Apelaciones (TRICOA) y ahí se acoge la solicitud y los castigos quedan en stand by, es decir, los tres liberianos verían acción ante Saprissa. Y así fue.
Cuando finalizó el juego en el estadio Ricardo Saprissa, con marcador favorable a Liberia 1 a 0, la manoseada semifinal se convirtió en un bochorno de calidades históricas. Los liberianos celebraban su merecido triunfo en la cancha, con su buena cuota de ayuda en la mesa, mientras en Saprissa ya preparaban su apelación.
Está hecho, Saprissa apeló, sigue entrenándose “por si las moscas”, Liberia entrena en su casa y celebra su primer pase a una final nacional, Herediano, el otro finalista, se entrena sin tener claro cuál será su rival y cuando sería el día del primer juego de la final, que por cierto ya está programado.
Lo bochornoso de todo esto es ver la manipulación con la que se manejan las cosas en este país, hoy el fútbol no vale nada ante tantos y tantos procedimientos extraños y hasta oscuros. Los noticieros deportivos informan de llamadas a federativos, hasta de pagos a estos para que no se entregara información la Saprissa, para que se acogiera lo solicitado por Liberia Mía y se permitiera jugar a los castigados.
Que tristeza escuchar a jugadores, técnicos y directivos referirse a nuestro campeonato como algo sucio, manoseado y demás epítetos que seguramente la prensa se guardará para no manchar algo que ya, de por sí, no se puede manchar más.
No se vale que los equipos se valgan de estas cosas para lograr lo que en la cancha de repente les es o les hubiera sido muy difícil. Estoy seguro de que sin esos tres jugadores en la chancha, la historia del juego habría sido otra y hoy no estaríamos viendo como podemos quedar casi al mismo nivel de El Salvado, cuando ellos fingieron tres lesiones simultáneas para no jugar el segundo tiempo del partido ante Costa Rica en el pasado torneo de la Uncaf, ¡cuánto criticamos a esa selección! ¡Y ahora nosotros nos metemos en semejante bochorno! En El Salvador deben estar frotándose las manos, ya en la FIFA no se hablará más de ellos, ahora toca el caso de Costa Rica y su final de campeonato nacional.
Lo confieso abiertamente, no soy saprissista, y como tal me alegraba mucho pensar en la posibilidad de que “el sapri” no fuera campeón, pero así no. Hasta eso lograron en Liberia, que quienes ya no teníamos vela en el entierro no pudiéramos siquiera disfrutar la no campeonización de Saprissa.
Cuando inició el campeonato sin la participación de Liberia Mía, esto por utilizar varios ardides para no jugar por tener a tres jugadores convocados a la selección -recuerdan lo de Leo González, pues bueno, desde ahí ya en la Ciudad Blanca manejaban el campeonato a su antojo-, nadie se imaginaba que la final se jugaría por primera vez en Guanacaste.
¡Qué pena! Los títulos hay que ganarlos en la cancha respetando las reglas del juego y no en la mesa valiéndose de cosas que nada tienen que ver con el deporte más hermoso del mundo.
Tocará esperar a ver que pasa con esta final de campeonato, a ver cuándo se juega y entre quienes se juega. Por el momento solo podemos ser testigos de este bochorno liberiano…

mayo 07, 2009

De Fe, con mayúscula, y fe, con minúscula.

En temas de Fe y de amor a Dios debemos saber a quien entregamos nuestra vida y nuestra Fe para no encontrarnos, en algún momento de la vida, con situaciones que nos lleven a una posición en la que nos demos cuenta de que nos equivocamos al depositar esa Fe en quien no debíamos.

Que peligroso es depositar nuestra Fe, con mayúscula, en las manos de “x” o “y” personas, llámense estos sacerdotes, pastores, rabinos, líderes espirituales, etc. Peligroso porque llegado el momento de una falla en alguno de estos, esa fe, con minúscula, que se proclamaba con tanto fervor se pierde a la misma velocidad con que la imagen de ese hombre o mujer a quien dimos nuestra fe, se disipa tras sucumbir a la tentación del pecado.

A lo largo de la historia se han dado muchos casos de líderes religiosos, que fueron denunciados por actitudes que van en contra de los preceptos bíblicos o de los dogmas y/o normas propios de sus denominaciones eclesiales.

De esta forma hemos sido testigos de varios episodios que han marcado la historia de nuestro país y sobre todo de muchas personas que depositaron su fe en personas que cometieron actos contrarios a sus prédicas. Ejemplos de ello son los sacerdotes encarcelados Minor Calvo y Enrique Delgado. De igual forma ha sucedido con pastores de iglesias protestantes como lo sucedido con el famoso Zacarías Pérez, quien estuvo en prisión por abusar de tres mujeres o de los casos denunciados por un noticiero de televisión en los que sus pastores y fundadores se enriquecen a costa de la fe de sus seguidores, vendiéndoles, literalmente, la salvación.

A nivel internacional, el caso más sonado de la actualidad es el del mundialmente famoso Padre Alberto Cutié, de quien aparecieron fotos acariciando a una mujer en una playa de Miami. Hoy, el sacerdote ha sido separado de su parroquia y le han impedido ejercer su sacerdocio y transmitir su programa de radio mientras se hacen las investigaciones del caso. Por supuesto no podemos olvidar a José Luis de Jesús Miranda, el autodenominado Dios en la tierra o “jesucristo hombre”

Esto que escribo no es para juzgar el proceder de estos líderes religiosos, lo que quiero hacer es un llamado de atención sobre el tema de la Fe y en quien debe ser depositada.

Es claro que quienes creemos en Dios debemos depositar nuestra Fe en Él y solo en Él, los pastores o sacerdotes de las iglesias a las que asistimos deben ser guías espirituales en temas de Fe, no los custodios de esta. La Fe es algo propio, no es algo que recibes de alguien, la fe se tiene en el corazón y no se le entrega a nadie más que a Dios.

El problema de depositar la Fe en un hombre o una mujer es que cuando Alcuino de estos falla, lo que sigue es cogerla con Dios. De esta forma se dan los casos de personas que asistían con “fe absoluta” a la iglesia y al ver que su líder falló simplemente se enojaron con Dios y murió la Fe.

Dios es un Dios perfecto, a diferencia de nosotros. Quienes vivimos en este mundo estamos en una diaria búsqueda de la perfección para gozar de la presencia del Creador y como seres humanos que somos, podemos y vamos a fallar una y mil veces. Por eso la Fe no puede ser depositada en nuestras manos, la Fe debe se custodiada por el Dios del Cielo, por nuestro Padre.

Dejemos que las normas humanas valoren el actuar de los hombres, que el Dios de la Justicia se encargará de darle su justo “premio” por sus actos en la tierra. Depositemos nuestra Fe en Dios y esto nos permitirá ser testigos de lo que sucede alrededor nuestro sin permitir que esto tenga consecuencias en nuestra Fe.

Lo sucedido con el Padre Alberto debe servirnos de lección a todos, independientemente de la religión a la que se pertenezca, y debe llamarnos la atención sobre nuestra Fe en Dios y no en los hombres.

Dios es un Dios de amor, un Dios perfecto y solamente en Él es en quien debemos confiar. Debemos depositar nuestra fe en el Dios verdadero, nuestro Señor Jesucristo, el cual es Santo, puro, perfecto y jamás seremos traicionados por Él.

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. (Hebreos 11, 1).