octubre 15, 2010

La inmensidad de Dios reflejada en el ser humano

Vaya lección nos ha dado, al mundo entero, la fortaleza de los chilenos. Ese tesón y esa entereza de luchar con todo ante una adversidad que más acercaba a la muerte que a la supervivencia.

Desde la primera familia que se instaló en el desierto con la firme esperanza de que sus padres, hermanos, hijos, esposos, estaban vivos dentro de esa mina.

70 días enterrados en lo profundo de la tierra, 70 días en espera de su rescate. Pero no cualquier espera, una espera con la fe y la convicción de que saldrían y que saldrían vivos, enteros, diferentes, los mismos 33 pero diferentes.

Tres planes, porque uno solo no era suficiente. Porque el ser humano debe tener un plan “b” o “c”, por si las cosas no salieron bien a la primera. Falló la primera perforación, pero mientras esta no funcionaba, las otras dos seguían dándole “sin pausa, pero sin prisa”, hasta que el plan “b” hizo estallar en júbilo al mundo entero.

Vinieron las “Fenix 1 y 2”, las pruebas y, finalmente el rescate.

Estaba pactado iniciar un día, pero esa entereza y esa fe, dijeron “vamos antes”. Marcaron la fecha y la hora de inicio. Cápsula y rescatistas a punto, el presidente chileno al mando y el mundo expectante, casi con la misma fe de los mineros de San José.

El mundo vio, de primera mano, la salida del primer rescatado y su excelente estado de salud. El segundo, el más carismático dio una prueba del poder de Dios y del ser humano que se toma fuertemente de su mano.

¿69 días enterrado en una montaña? Difícil creerlo al ver a un hombre que sale brincando y cantando a más no poder sus vítores y su agradecimiento al creador. Al día siguiente diría una de las frases que más caló en mí al ver la excelente transmisión de la televisión chilena, “Dios y el diablo me pelearon, pero yo me tomé de la mano correcta, Dios ganó”. Así o más claro.

El capitán del grupo, el último en salir, dijo “señor presidente, solo espero que esto no vuelva a pasar nunca”, el mundo entero hizo eco de esta frase.

Dios ha mostrado, una vez más su poder, su fuerza, su misericordia y el amor inmenso que siente por sus hijos y los mineros del desierto de Atacama dieron una lección de fe, de fuerza y de esperanza en Dios al mundo entero.

“Ce hache i, CHI, ele con e, LE, CHI CHI CHI LE LE LE, los mineros de Chile”

1 comentario:

Unknown dijo...

De aquí que los ticos tengamos que aprender tantas cosas... cómo desearía que viviéramos en un país con una mejor cultura en todos sus sentidos.

Los chilenos me limpiaron.